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 Laberinto ediseo

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Aren Darvenwish
Jefe de Raza
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MensajeTema: Laberinto ediseo   Vie Mar 01, 2013 12:12 am

Extenso laberinto con diferentes destinos repartidos por toda su extensión. Estos destinos son pequeñas salas naturales con plantas, fuentes y/o zonas de recreo diferentes en cada una de ellas. En el centro del laberinto, en su destino final, se encuentra un enorme campo de flores que resplandecen en azul violáceo durante la noche y, en el centro del mismo, las iniciales de la familia Darvenwish constituyen el adorno central de flores hermosas y exóticas. Los integrantes del palacio suelen perderse por el laberinto en busca de sus destinos favoritos, pero pocos han conseguido encontrar fácilmente el increíble patio central.

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Aren Darvenwish
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MensajeTema: Re: Laberinto ediseo   Mar Abr 22, 2014 9:02 pm

Tras semanas de tedioso viaje el líder Caeruleus al fin había vuelto a poner los pies en su preciado país y, así como había tocado tierra en sus maravillosos dominios, se había sentido increíblemente reconfortado por la dulce brisa nocturna que meció su pelo a su llegada.

Perdió el menor tiempo posible, fue recibido en su país con vitores y tranquilidad, pues las noticias sobre los últimos acontecimientos en Brontë y en todo Mithos no había pasado desapercibidos por Caligo y la gente se sentía mucho más tranquila teniendo consigo a su gobernante.

Su palacio le pareció acogedor, refulgente, cálido. Incluso sus paredes de frío mármol bajo la blanquecina luz de la luna le resultaban acogedoras y hogareñas. Se sintió en casa y se sintió bien.

Pronto se puso al día sobre los acontecimientos directos que se había perdido durante sus casi dos años fuera del país, una semana había bastado para poder saber de los problemas que había atenazado a los cinco y, el domingo, tomó uno de sus largos y enormemente relajantes baños en su sala de bañeras. Había echado de menos a sus sirvientes y a sus tesoreros, a sus mujeres, sus eunucos, sus guerreros... Dejar que frotasen su piel con agua caliente en un vergel de silencio, oscuridad, desnudez e incienso de canela y melocotón le había devuelto los dos años de pesadumbre que pesaban sobre sus hombros, haciendo que volviese a sentirse rejuvenecido y enérgico.

Se dedicó en los días siguientes a tranquilizar a su pueblo respecto a las noticias que traía de lo que estaba ocurriendo alrededor del mundo siendo todo lo políticamente correcto que podía; arregló asuntos de gobiernos para tener de mano todo aquello que había dejado en manos de sus cinco responsables y no descansó hasta volver a tener las cosas bajo el total control que habituaba.

Su sobrino fue a visitarlo y lo maravilló. Había crecido dos palmos más desde la última vez que lo había visto y ya lindaba la edad de los dieciocho, siendo prácticamente un hombre. Su cuñada, o madre del muchacho, estaba seca y agria como siempre y no tardó más de un día en marcharse tras haber traído al chiquillo para que pasase un tiempo en el palacio de su padrino.

Las cosas rodaron a lo largo de las semanas y cuando el líder caeruleus tuvo todo en orden comenzó con los preparativos para dirigirse a Ignis, enviando una carta a la provincia de Cynara con quien debería contactar para su viaje. No tardaría demasiado, dos o tres días a lo sumo, con lo que mejor sería zanjar aquel asunto cuanto antes.
Por supuesto muchos preguntaron y el líder respondió únicamente a aquellos a quienes de verdad les concernía argumentando la difícil situación internacional y la poca falta que hacía comentar ese tipo de entuertos en un momento tan delicado.

Trabajó, se relajó, se volcó un poco en su sobrino y se carteó con Brontë para dar a conocer su paradero, su situación y las pocas novedades sobre el tema a tratar de forma liviana, pero suficiente. Todo volvía a estar como debía y el líder, aunque mantenía su mente repleta de problemas a los que buscar trato y solución, se encontraba ya más libre y sosegado, lejos de cualquier tipo de retención o duda.

Tío, ¿vas a irte otra vez? —Preguntaba el joven Darvenwish, descansando junto a su padrino en una de las butacas del jardín mientras la luna comenzaba a difuminarse y el sol comenzaba a salir para ir iluminando la tarde.

Iré a Ignis, pero solo serán un par de días —Respondió el hombre, dando un trago a una copa de refrescante vino tinto.

Quiero volver a Ignis. No he podido ir más que un par de veces con mi madre. de una ni siquiera me acuerdo y la otra, bueno, demasiado protocolo —Indicó el muchacho, jugueteando con un hilo rojo con el que desde muy pequeño le había gustado hacer formas.

Esta vez no podrás venir, tengo que discutir demasiado con esos viejos calenturientos. Seguro que te aburrirías —Bromeó el hombre, observando cómo su sobrino movía los dedos y las muñecas en busca de una nueva forma entre sus manos. —¿No eres ya mayor para eso? —Preguntó, socarrón.

Madre siempre me dice que tengo que acompañarte para ir conociendo el estado del gobierno y el país. Dice que, con suerte, heredaré pronto tu posición —Añadió sin pensar demasiado en la conversación por estar centrado en su rompecabezas, ignorando con una sonrisa pícara el comentario de su padrino al respecto.

Ahahaha... Me parece que tu madre necesita casarse de nuevo para tener un marido que martirizar... ¿Sigue diciéndote que no vengas a visitarme? —El joven Darvenwish levantó la cabeza de su divertimento y asintió con cierto resentimiento. Nunca le había importado contarle las cosas a su padrino y, de hecho, hoy por hoy era de las pocas cosas que le agradaban. De todas formas, tras años admirándole y hablando con él, sabía por propia experiencia que muchas de las preguntas que hacía eran su propia respuesta.

No quería que viniera porque sabía que me dejarías quedarme a pasar un tiempo, pero al final se limitó a decirme que no hiciera ningún caso de lo que pudieras decirme... Esa urraca sigue pensando que soy un crío. Siempre acompañándome a todas partes y diciéndome lo que tengo que hacer. Se supone que ahora soy el señor de la casa, debería ir asumiéndolo. Y continúa diciendo sandeces sobre ti y tu forma de hacer las cosas. Es tan ignorante y simple —El chiquillo arrugó la figura de sus manos por un momento, molesto por sus pensamientos. Cuando era niño solía mirar a su tío con cierta preocupación si saber si hacía bien o mal, si debía confiar en él o en su madre, sin saber qué decir en el momento en que alguien le preguntase. Hoy en día ya había tomado su decisión. Su madre le parecía un ser inferior, de poco intelecto, una persona vulgar que no podía aportarle más ahora que ya no mamaba de su pecho. Su padrino, sin embargo, resultaba el ejemplo a seguir, el súper hombre en el que él quisiera convertirse algún día. Aunque sabía que, a su edad, él ya era todo un genio preparado para afrontar la soberanía de un país.

El líder caeruleus se quedó observándolo durante un momento y luego le sonrió pidiéndole el hilo cerrado con el que jugueteaba para poder comenzar él a tricotar entre sus dedos.

Spoiler:
 

Ya te lo he dicho muchas veces, Ezequiel —Se tomó la labor con calma, moviendo los dedos con delicadeza al tiempo que le hablaba al chiquillo —La gente habla de aquello que desconoce, habla de lo que sus pequeñas mentes generan a través de las ilusiones que causa el miedo y el misterio; hablan de lo que está fuera de su alcance, utilizando la palabra y la corrupción a modo de arma. Pero su palabra es burda y su capacidad escasa, sus habladurías se entremezclan y generan nuevas e insanas cepas de inquietud —La cuerda se anudaba y desanudaba entre sus dedos con la misma precisión y calma de sus palabras —Uno no puede dejar que su mente se contamine con aquello que emiten las masas mediocres como si fuesen vertidos de agua putrefacta. Debes mantenerse alerta y al margen, conocedor, pero desentendido. La lengua es un poderoso elemento en manos del que conoce su estrategia, pero una tumba para aquel que infravalora su poder y queda apresado entre las redes que ha trazado para los demás —El hilo se mostró como un amasijo desordenado y fuertemente atado entre sus dedos —Hemos de saber encontrar la forma exacta de que la palabra no quebrante nuestra razón ni nuestra honra, pues nuestra mente es lo suficientemente fuerte como para darle la vuelta al tablero —Sus manos buscaron apoyo y cambió entre ambas la cuerda para continuar con su trabajo —Tú, al igual que yo, eres un Darvenwish y tienes capacidades increíbles corriendo por tu sangre; aprovéchalas, sé inteligente -sé que lo eres-. Tu mente es poderosa y tu técnica increíble, si estás seguro de ti mismo, conseguirás discernir la manera en que la red no te atrape, sino que esté bajo tu control —El hombre mostró entre sus manos un entramado ordenado y cruzado que dejaba sus dedos con la libertad suficiente para tensar o destensar la cuerda. Miró al muchacho, volvió a sonreír y dejó escapar la cuerda de entre sus manos, haciendo que volviese a su forma circular y laxa.

El jovenno le quitó el ojo de encima durante toda su explicación y, cuando terminó su sermón, miró un momento la cuerda floja sobre sus manos, con una mirada ambiciosa, con un brillo refulgente. Miró con esa fiereza a los ojos de su tío y asintió con una sonrisa particular.

Ya soy un hombre, tío. Ya no soy el niño inocente e ignorante que era; gracias a ti. Eres el único con quien puedo hablar de esta forma, el único que comprende cierto tipo de inquietudes... Todos a mi alrededor son tan... necios e insustanciales, sus mentes son tan escuetas. Y madre es la peor de todas... Me aseguraré de que entienda su lugar ahora que soy un adulto —Indicó el muchacho mirando el hilo con el ceño algo fruncido debido a sus cavilaciones. Lo apretó en su puño con seguridad.

El líder dejó salir una pequeña risa y apoyó una mano sobre el hombro de su sobrino.

Me alegra oír eso. No hay nada mejor que ver que has aprovechado tu potencial y te das cuenta de lo superior que eres al resto. Créeme que a veces puede parecer una maldición, pero no estás solo. Puedes venir a verme siempre que quieras. Ahora será mejor que te vayas a la cama antes de que amanezca del todo, seguro que tienes cosas más interesantes que hacer que seguir escuchando el sermón de tu padrino. Pídele a Lucile que te acompañe, si quieres —El líder alzó una ceja en su última frase y su sobrino le devolvió la sonrisa lasciva que comprendió en su tío. Lucile había sido la encargada en el palacio del chico durante muchos años y el hombre ya había comprobado en más de una ocasión como el muchacho siempre se había interesado por ella. Ezequiel levantó su propia copa y la brindó con la de su tío.

Será un placer, aunque algún día me gustaría poder seguir debatiendo mientras nos entretenemos en la sala roja —Comentó el muchacho con interés y picardía sin llegar a perder la elegancia. Bebió de su vaso y se levantó con calma, girándose hacia su padrino —Tío... Gracias por seguir atendiendo mis inquietudes —Y echó a andar hacia sus aposentos, no sin antes hacer un gesto a la susodicha dama para que lo acompañase.

De nada, muchacho... —Comentó el hombre, con una sonrisa complacida, una vez vio alejarse al chico y perderse entre los pasillos.

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